...otras cardan la Lana
El jueves aterrizó en Madrid la amiga Lana. Del Rey (¡Viva
la República! Por si acaso) Lo de aterrizar, en más de un sentido. Si es que,
verán, yo la miro y veo… a una marciana.
Vamos: lejana y sin nada que ver conmigo. Así que no me pasé por La Riviera.
Por ese templo “lanístico” donde, según los cronistas, los gritos histéricos de sus fans –chicas en
su mayoría, tocadas con diademas de flores muchas- no dejaba percibir bien las
evoluciones gargantiles de la diva ¿Estarían pagadas? Así que nos quedamos –o
se quedaron- sin saber si afina Lina –perdón, Lana- o no. Eso sí, la tía súper
rebelde de la muerte: se fumó un cigarro sobre el escenario sabiendo que no
podía hacerlo… ¡Qué valiente!
Pero yo ya tuve bastante con su vergonzante actuación en el
Saturday Night Live: hay más vida (terrestre o extraterrestre) en un mojón… de
carretera, digo... que en ese
despropósito. Tuve más que suficiente tras escuchar ese disco (que sí, que
vale, que tiene un par de temas apetecibles) en el que uno nunca sabe donde
acaba una canción y empieza la siguiente (Nota: esto, para los cortos en ironía
y/o sarcasmo, más o menos quiere decir que todas me parecen la misma. Y la
misma cara pone Lana también cuando canta todos y cada uno de esos dramas tan
supuestamente –y mira que es suponer- “lynchianos” ¡Ay David!). Y he tenido francamente
de más escuchándola destrozar el “Chelsea Hotel” de Cohen quedándose luego tan
pancha, con ese hieratismo aterrador suyo. A ver si nos queda claro a todos: no
es misteriosa. Ni sufre. Es sosa. Inexpresiva. Parece estar vacía. Y quizá
pasada de bótox y/o silicona.
Pero, oigan: ese es el signo de los tiempos. El triunfo de
la mediocridad, del vacío, de la ignorancia, de la tibieza, del conformismo… en
todos los órdenes de la vida. Y los iconos del pop son poco más que un reflejo
de la sociedad. El problema es que esa mediocridad -¿Verdad, Mariano?- muchas veces oculta el
imperio del terror, el fantasma del
ultraliberalismo. Y no hablo solo de política. Repito: mediocridad, vacío,
ignorancia, tibieza, conformismo. O, resumido: no pensar. Dejarse llevar por
–un suponer- los mercados… poniendo cara de nada. Como Lana.

Vamos a ver ¿de verdad Lana del Rey es un ejemplo a seguir?
Entiendo –poco, la verdad- que desde la ironía, el humor o el petardeo haga
risas y hasta se la idolatre. Pero ¿En serio? ¿Modelo de conducta? ¿Fans
histéricas? No, por favor. Solo otro ejemplo: Lana es machista hasta la asfixia.
En sus letras y sus vídeos aparece supeditada a los deseos y devaneos del
machito de turno. Y encima incumple una
de las reglas inquebrantables del icono pop. Su imagen es… aburrida. Aburrida
hasta decir basta. No, no pediremos que se arrime a mi Lady… (¡Jesús! ¿Ahora estoy
defendiendo a Gaga?)… pero un icono pop como mínimo debe transmitir energía,
ilusión, color, alegría… ¿Lana? Hello? ¿Sigues ahí? ¿Estás viva? Resumiendo:
Lana Del Rey no va más allá del susurro al borde del desafino. Y lo que necesitamos
es gritar bien entonados. A pleno pulmón.
¿Demasiado Sugar... Man?
Acabo de ver
Searching for Sugar Man. Sí, me ha gustado. Sí, me ha interesado. Sí, la historia me ha emocionado. Pero a
Malik Bendjelloul -no tengo todavía muy claro si voluntariamente, durante el largo rodaje o después, al darse cuenta del material que tenía entre manos- le ha quedado una cosita demasiado
Hollywood. Normal que se haya llevado el
Óscar. Bueno. Vale. No os echéis encima todavía. A ver si logro explicarme.
Por cierto: el texto contiene SPOILERS mejor ved el documental -recomendable en cualquier caso- y de paso escuchad la hermosa música de Rodríguez antes de leerlo.
Rodríguez acaba siendo una especie de espectro misterioso y en realidad más que él es su espíritu -el arte, la humildad, la determinación, la paz interna- el que va impregnando la película. Hay que adivinarle. Él prácticamente no habla. Son sobre todo sus canciones, sus fans sudafricanos, sus hijas -las tres con ese mismo aire de paz interior que exhala su padre- y hasta sus compañeros de trabajo en la construcción -absolutamente impagables- los que acaban construyendo el personaje. Y la arquitectura de esa búsqueda de
Sugar Man es impecable. El documental se va desenredando y va desvelando la historia a un ritmo adecuado. Y emocionante.
Pero claro, con la poca información que se va revelando surgen constantes preguntas ¿El problema? Son demasiadas. Y no se responden. Peor: hay cosas que se pasan por alto y ni siquiera se mencionan. Por ejemplo:
Sixto Rodríguez tiene una esposa. Cero menciones. Está claramente enfermo ¿Qué le pasa? Ni idea. Y, claro, no lo podemos evitar... ¿Dónde está el dinero de las ventas de sus discos? Seguramente nos lo imaginamos, pero el tema se esquiva en exceso. Eso sí, la entrevista con
Clarence Avant, dueño de su sello americano, que acaba dando más de una pista al respecto, es uno de los mejores momentos del documental: extremadamente potente.
Ojo. Si habéis llegado hasta aquí sin haber visto el documental, todavía no se ha desvelado nada trascendental. Estáis a tiempo. Pero ahora viene el SPOILER de verdad.
Pero lo peor, lo que puede llegar a desmontar de verdad el documental y su tesis, es haber omitido conscientemente que
Rodríguez también tuvo éxito en
Australia -y
Nueva Zelanda- en la segunda mitad de los 70. Que de hecho actuó allí con éxito entre 1979 y 1981 -donde llegó a grabar un disco en directo-, casi 20 años antes de hacerlo en
Sudáfrica. Esto es lo más
hollywoodiense del asunto. Claro, que
Rodríguez triunfe únicamente -y sin saberlo- en la Sudáfrica de la etapa más dura del
Apartheid (aislada del resto del mundo, ahogada por el propio régimen y las sanciones externas) convirtiéndose en icono de la lucha por la libertad -entre los
Afrikaans que luchaban contra el régimen- y casi 30 años después acabe actuando allí dándose un auténtico baño de masas... se vende mucho mejor. Olvidamos entonces esa pequeña anécdota australiana y ya... Vale, será lícito... pero tremendamente tramposo. Sobre todo en un documental ¿No?
At His Best, recopilación publicada en 1977 exclusivamente para el mercado australiano