Pese a su aspecto enjuto y algo encorvado, un poco a medias entre un joven Lou Reed y Carlos Iglesias –gracias, amigo Gómez-, Matthew Stephen Ward gana mucho en las distancias cortas. Esa mezcla mágica entre una voz cantada en otro tiempo –parece salir de una radio de válvulas más que de un Transistor Radio- y esa apabullante guitarra tocada en el más puro estilo finger picking te deja con ganas de verle solito, en acústico; tocando la emocionante One Hundred Million Years –el vello de punta, oiga-, Sad Sad Song y tres mil más.
Hasta los mejores se equivocan. Léase: flojo el Primavera Sound 2009. Morcillero: vulgo, demasiada repetición ¿Cuántas veces más podemos/queremos ver en un festival a Yo La Tengo, Sonic Youth, Spiritualized o Shellac? ¿Por qué un festival que suele ser el primero llega esta vez tarde con My Bloody Valentine o Neil Young? Sí, de acuerdo, repasen bien los nombres: todos son absolutamente fantásticos y de primera fila. Y con muchos de ellos volvió a disfrutar éstesudiyéi. Especialmente con el Señor Young -hora y media larga de greitesjis- y la Juventud Sónica, que tuvo los cojones de tocarse casi enterito su nuevo disco (un The Eternal que, oído lo oído, apetece tener ya mismo) diez días antes de que saliera a la venta.
Pero no es esto. Faltaron las sorpresas primaverales que suele haber año tras año. Y los hypes inflados camparon por sus respetos en los 6 escenarios 6 ¿O es que se estará volviendo viejo el-que-les-escribe? Ni The Pains of Being Pure At Heart ni Bat For Lashes ni Magik Markers ni Wooden Shjips cuajaron grandes actuaciones. Ni mucho menos unos pasadísimos Black Lips sin orden ni -perdón por el chiste fácil- concierto. Y así las cosas, acabaron triunfando ante los ojos/oídos de estesudiyéi el post-post-hardcore de Fucked Up (con un espectacular frontman de muuuuchos kilos que celebró su paternidad reciente tirándose al tremendo mosh pit de las primeras filas y despelotándose con cierta gracia), el free-heavy-tribal de Lightning Bolt comandado por ese anfetamínico batería-cantante con máscara-de-miedito- supino, el poético juanpalomismo de Andrew Bird (hasta tres violines, voz, silbidos y un par de guitarras se escucharon a la vez gracias a su pedal-sampler mágico) o el muy simpático rockabilly-rhythm&blues-swing-jazz-ska deliberadamante primitivo de Kitty, Daisy & Lewis en compañía de papá, mamá y el abuelo jamaicano-trompetista.
Por no acompañar, ni acompañó el sonido, bastante peor que en otras ediciones. Especialmente en el escenario Rockdelux, lo que embarulló las bonitas actuaciones de Throwing Muses (la esquizoide Kristin Hersh alternando ladridos y susurros con maestría) y The Vaselines, sin ir más lejos. Ni una zona de prensa muy poco dotada.
Eso sí, las risas, la ciudad y el buen tiempo compensaron con creces la visita. Un año más. Pero un año... menos.

Vivir consiste en construir futuros recuerdos. Estoy preparando recuerdos minuciosos, que algún día me traerán la melancolía y la desesperanza. ERNESTO SÁBATO
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