Causas y azares
Nos colocamos al borde de una semana de infarto concertil. A todo el mundo le ha dado por venir a la vez. Y esto va a ser un insufrible
¿A quién quieres más? Pero lo que se relata ahora, como preludio a esta locura, es más bien todo lo contrario: consecuencia de un proceso de selección natural coronado con una generosa dosis de casualidad. Porque, en realidad, el viernes la idea era ir a ver a
Front 242. Cuando, zas, de repente, por
e-correo, aparece súbitamente la acreditación -casi olvidada la solicitud- para ir a
Sleepy Sun.
El metro sirve de almohada y se encaminan finalmente los pasos, en compañía del insigne
Mr. Late, hacia
Moby Dick. Para descubrir, en los apenas 45 minutos vistos de la hora raspadita que tocaron, que, en directo, los californianos dejan en pañales la estupenda -
ma non troppo- propuesta de rock ácido de su primer disco,
Embrace. De hecho presentaban el segundo -no catado aún-:
Fever. Pero, o mucho han cambiado las cosas o esta gente en concierto es infinitamente mejor que en sus grabaciones.
Ya con
Bret Constantino como único cantante, sobre el escenario la magia del grupo reposa esencialmente en la rítmica: el
groove infinito y contundente del batería
Brian Tice y el liviano pero exquisito bajo tejido con gusto por
Jack Allen. Amén de su peculiar cuadratura del círculo: buscar la medida justa de los desarrollos de unas canciones que bien podrían haber sido escritas en 1967/68/69... pero no ¿Rock psicodélico comprimido en píldoras de pop postmoddrno? Algo así. De
boquiabiertismo voraz, en cualquier caso. Se siente: no se puede explicar más, hay que disfrutarles. Y meterse en medio de un público entregado -con razón- hasta la médula. Espectacular. Lo verán entre los mejores conciertos de 2010 según
Éstesudiyéi. Y
Mr. Late, encantado de la vida.
También estará en el cuadro de honor de 2010 el que tuvo lugar al día siguiente. No lo duden. Aquí la ídem -la duda- estaba en si a
Miguel Ríos se le vería el sábado o el domingo. El azar eligió la primera fecha. Y, por ello, la imposibilidad de asistir también a
Single. Perdonen. O no. Porque tampoco es tan habitual emocionarse hasta la lágrima en un concierto para el que les escribe. No olvidemos la parte emo-nostálgica: con 15 años
DJFlow asistió a ese mítico
Rock de una noche de verano con
Miguel Ríos-Leño-Luz Casal. Fue el segundo concierto de su vida... y el último de
Leño, por cierto. A los que, para colmo no pudo ver en su mini-reunión de hace unos meses.
Así que... sí: apunten el componente nostálgico-melancólico si quieren. Pero entonces apunten también el espléndido estado de forma vocal y física del
Rey del Rock español. Las casi 3 horas que permaneció sobre el escenario. La contundencia de una banda que incluye ajustadísima sección de vientos. Un
Palacio de los Deportes a rebosar de incondicionales con una desatadísima
Massiel incluida. La inteligencia musical -y emocional- de buscar una estructura de concierto, un repertorio y unos arreglos muy similares a los del mítico
Rock & Ríos: fíjense que los aplausos, gritos y puños en alto más atronadores se consiguieron en
Bienvenidos,
Año 2000 o la acojonante versión de -ays, lagrimita-
Maneras de vivir, a dúo con
Rosendo Mercado.
Claro: los colaboradores. Lo peor: un
Jorge Salán que quiso emular sin conseguirlo al mismísimo
Salvador Domínguez y acabó pareciéndose más por la melena lacia, el postureo y la poca voz a
Mario Vaquerizo. O lo mal que le sienta a
Eva Amaral cantar
Al sur de Granada. Compensan con creces la garganta privilegiada -¿para cuando disolver
M-Clan y montarse un grupo de versiones?- de
Carlos Tarque en
Santa Lucía. O ese escandaloso -de bueno- mano a mano granadino entre Miguel y
José Ignacio -
Lapido, claro-
En el ángulo muerto. Madre mía. Ya que estaba,
Lúa Ríos -
Gold Lake- podría haber cantado la hermosa canción que le compuso papá en vez de la tremebunda
Un caballo llamado muerte... en la que tampoco estuvo mal, por cierto.
Las cimas de Ríos sin gargantas invitadas llegaron con
Todo a pulmón -llantina-,
Nueva ola -emoción-,
El blues del autobús -escalofrío- y
Rocanrol bumerang, pura fuerza. Tras varios bises de libro, con la más que decente
Bye, bye Ríos -todos en el escenario- y el
Himno a la alegría terminaba el sueño -
Sueño espacial, un favorito personal, tampoco faltó, por cierto- y uno se preguntaba por qué retirarse de la carretera cuando se está tan arriba. Pero el verdadero quid de la cuestión surgió media horita antes. Tras el consabido estímulo / respuesta rockero entre
eeeeh!s
aaaaah!s
y
oooh!s de
Mueve tus caderas, la pregunta flotaba irremediablemente en el ambiente:
¿Dónde estabas tú en el 82?