Discos para quedarse a vivir dentro 1: Harry Belafonte, "At Carnegie Hall"

Lo primero, confesar la ignorancia.Hace apenas unos meses,
Éstesudiyéi poco o poquísimo sabía de
Harry Belafonte más allá de ese
Banana Boat Song (Day O) que sonaba en
Bitelchús o sus apariciones fílmicas. Pero, claro, su interés se excitó enormemente cuando el mismísimo
Tom Waits, editor de lujo invitado al
Mojo número 200, le saludaba como uno de los grandes cantantes americanos de todos los tiempos e incluía su fastuosa
Sylvie en el CD que acompañaba a la revista . Creció cuando en una de esas deliciosas conversaciones/divagaciones/disquisiciones/discusiones melómanas, el
Pantera de Usera -DJ, pintor, artista gráfico, animador, director de vídeoclips a ratos perdidos...- definía su versión de
Cu cu ru cu cu paloma -otra delicatessen- como una de sus canciones de cabecera
de toda la vida. Y estalló por fin después de que, en otro apasionado y apasionante diálogo melómano-vinílico,
Miss Organa (entre otras cosas, integrante del equipo del siempre recomendable blog
New Musical Estréss) descubriera su amor incondicional por la música de
Mr Belafonte.

¿Qué quedaba? Pues investigar, escuchar, leer y hacerse con parte de la obra de Harry. Dicho y hecho: justo después de Reyes caían tres discos tres de en las ansiosas manos, y de ahí a los ansiosos oidos, de DJFlow. Un Essential a muy buen precio con canciones elegidas por el propio artista; un económico pack con sus dos discos más exitosos -en los que picotea en el Calypso, género con el que más se le identifica, pero ni mucho menos el único que practica- y el directo de marras. Grabado en 1959 en el Carnegie Hall neoyorquino. Dividido en tres partes: un Belafonte en absoluto estado de gracia empieza en el mundo del espiritual y aledaños, hace parada y fonda en el calypso -en pleno éxito a finales de los 50- y acaba haciendo un viaje planetario por músicas de raiz muy diferentes.
Belafonte es un intérprete de amplísimo espectro, de esos que saben darle a cada canción lo que necesita. Y ya entonces -con unos 10 años de carrera- demostraba un dominio increible de sus recursos expresivos. Pero ante todo, del tempo, de cómo dosificar la intensidad de su puesta en escena, de su espectáculo. De cómo pisar con fuerza un escenario, en todos los sentidos. Además posee una voz profunda, clara y limpia de barítono que da peso específico a cada interpretación. Y aparte de cómo, sin duda sabe qué cantar. Amante de las canciones con poso y ligereza -que no livianas-, de esas que dicen mucho con poco, la elección de repertorio es impecable. Las 3 que se mecionan en el primer párrafo están entre las 19 del disco, pero también hay hueco para el gospel -The Marching Saints, aka The Saints Go Marchin' In, o su increíble lectura de Cotton Fields, luego famosa gracias a Creedence Clearwater Revival- la música caribeña -de la preciosa Jamaica Farewell a la hilarante Man Piaba- o el folk irlandés de la casi a capella y emocionantísima Danny Boy.

Pero las ganadoras, esas por las que verdaderamente dan esas ganas de quedarse a vivir en el disco, son las ya mencionadas Cu cu ru cu cu paloma -inmersión espectacular con un castellano más que decente en este clásico mexicano- y Sylvie -una canción de presos a la que Belafonte da una dimensión casi mística- además de John Henry -en la que casi anticipa esa nueva tradición de protesta folk que estaba cociéndose entonces (recordemos, 1959) en Greenwich Village, con un Dylan a punto de aterrizar- y el esplendoroso final -13 minutos de epifanía con todo el teatro cantando y entregado- con Matilda. Momento culminante que explica hasta qué punto Harry Belafonte nació -hace ya 83 años- para encauzar emociones, propias y ajenas, con su música. Qué grande.
In the mix Harry Belafonte At Carnegie Hall