Malestar General
26.6.11
  Primus@Azkena: 20 años no es nada

Empezaremos por admitir que Primus no es un grupo para todo el mundo, que los que los amamos y defendemos a muerte desde hace dos décadas lo hacemos con la misma pasión que otros los aborrecen o simplemente los encuentran aburridos, que no todos los humanos obtienen el mismo orgasmo auditivo con la voz gangosa y los malabarismos de bajo del escurridizo Les Claypool, los punteos acerados de Larry Ler Lalonde y la polirritmia avasalladora de Jay Lane (¡el batería original ha vuelto al redil! Aunque esto solo preocupe / interese a los fanáticos del grupo), que a pocos interesará que Green Naugahyde es el primer disco del grupo en doce años... pero dado el llenazo y la pasión reinantes en el escenario principal del Azkena Rock Festival... a lo mejor no somos tan pocos.



El caso: Éstesudiyéi, desde su lugar bastante cercano al escenario, disfrutó como uno de esos pocos/muchos durante algo más de una hora de todo lo dicho, de los temas nuevos que apuntan a un disco más que decente o de clásicos de su repertorio como John the Fisherman, My Name is Mud, Here Come the Bastards, Tommy the Cat... Faltaron muchos, claro, y se echó de menos un puntito más de locura, pero el sonido impecable / implacable, la exquisita solvencia y precisión instrumental del trío y la increiblemente esquiva personalidad de repertorio y ejecutantes hicieron que la excursión a Vitoria mereciera la pena simplemente por esos sesenta minutos deslumbrantes. De abrir bocas.


Por si acaso, ese mismo día de la gesta también estaban en Mendizabala las huestes del aguerrido Josh Homme (o sea, Queens of the Stone Age) sumando otra horita de rock atestado de hits y actitud. Concierto escaso pero con tremenda pegada. O Cheap Trick sumando más minutos que emociones para alguien que ni siquiera se ha escuchado (¡Sacrilegio!) su At Budokan del 78 y reconoce apenas Surrender y algún que otro temilla del que no puede ni dar título. O la lección de historia del hardcore impartida por unos Bad Brains en bastante buena forma pese a los casi 30 años transcurridos desde su velocísimo debut.


Fotos de DJFlow
 
20.6.11
  Festival Día de la Música 2011: ellas ganan
Ni el calor asfixiante, ni las terroríficas colas del sábado para ver a Vetusta Morla (de aquí a las Ventas) ni un sonido excesivamente espeso en general consiguieron aniquilar los logros artísticos del Día de la Música 2011. Logros, en su mayoría, femeninos. Las chicas resplandecieron especialmente en los 5 escenarios repartidos a lo largo y ancho del Matadero. Un escenario en principio magnífico para el festival, pese a algunas deficiencias. La primera fémina que cautivó los oídos de Éstesudiyéi fue Anna Calvi, a eso de las 18:15 del sábado. Ese fue el único problema: la hora. La Calvi seguro que cautiva todavía más y mejor bajo un manto de estrellas. Aún así, su increíble voz y una inesperada pericia guitarrera –toda una heroína de las seis cuerdas, oigan- asombraron a los no muchos que comparecieron a la ceremonia. Bueno, eso y canciones maravillosas como Jezebel o Desire. Will Johnson no es una mujer. Vic Chesnutt tampoco lo era. Pero el homenaje del primero –con South San Gabriel nominalmente, pese a algún que otro arranque Centro-Matic- al desaparecido segundo fue lo más bonito del día. La pedal-steel guitar y la voz de Johnson –sin olvidar las delicadas armonías vocales- tiraron del repertorio de Chesnutt para elevarlo a cotas de emoción difícilmente creíbles. Wild Beasts tienen grandes canciones pero el vocalista maravilla y ahuyenta a partes iguales. Toro y Moi ofrecieron pop sintético sin más.

El domingo –más calor aún- fue más mujeriego aún. Empezando por Dum Dum Girls. Enfundadas en negro, rescatan de un plumazo la herencia de los Girl Groups de los 50 y 60, las Bangles, Siouxsie y The Jesus & Mary Chain. Toneladas de actitud y remate impecable con una versión feroz del There Is a Light That Never Goes Out de los Smiths. Versiones, todas las del mundo, las del coro femenino belga Scala dirigido por los Kolacny Brothers. Más allá del morbete de ir adivinando de quién es cada una –cayó hasta el Cumpleaños total de Los Planetas- la cosa se queda en poco más que un empacho de new age y progresivo orquestal. Yuck –contiene 2 chicas y un batería con afro espectacular- nos llenaron los oídos de riffs y acoples noventeros en un escenario infernal (¡Madrid! se llamaba) en el que durante el posterior concierto de Lykke Li –otra chica, claro- se debieron rozar los 50 grados. Pero perder dos kilos de líquido mereció la pena para disfrutar y hasta bailar con la especialísima música –con cita a sus compatriotas The Knife- y la elegancia reconcentrada de la sueca. De luto riguroso, por cierto, como las Dum Dum, las Scala y la mitad de Janelle Monáe. Blanquinegro su show, sus músicos, sus bailarinas. Y hasta el concepto de una música que juguetea sin complejos entre el soul, el hip hop, el r’n’b, el rock y el pop. Negra, negrísima su voz: potente aunque demasiado aguda. Mejor en directo que en disco. El espectáculo, de los que hacen época, con una extensísima banda muy participativa en la puesta en escena de las canciones: cada una,  como un acto de una obra escrita en torno al ritmo. Ritmo infernal. Bailes, punteos, una sección rítmica de escándalo, metales y cuerdas sucediéndose sin respiro: Cold War, Tightrope, Faster, una bonita versión del Smile de Chaplin solo con voz y guitarra… y colofón febril con Come Alive (War of the Roses). Se hizo corto (y lo fue: menos de una hora) pero bastó para coronarla. Ir luego a ver a Russian Red daba una bajona…
 
3.6.11
  Primavera Sound 2011
A lo mejor resulta que uno es un romántico. Y por eso piensa que, como él, hay mucha gente cuyo objetivo principal en un festival como el Primavera Sound, especialmente el Primavera Sound con su nivel artístico irreprochable, es disfrutar de la música prestándole, al menos, un poquito de atención. Aunque ya el año pasado se vieron los primeros signos de una –llamémosle así para entendernos- Benicassimización, lo de 2011 ha sido la confirmación. La actitud del público no ayuda, pero aumentar el número de entradas vendidas sin aumentar en esa misma proporción las infraestructuras tampoco es de recibo. Y encima, el intento fallido de pagar las bebidas con la tarjetita ha propiciado graves problemas y, finalmente, la vuelta al euro contante y sonante.

Las distancias entre escenarios y su número han vuelto a crecer. Si a esto unimos la masificación de festival, que ralentiza considerablemente el desplazamiento de un escenario a otro, se hace prácticamente imposible ese picoteo de concierto a concierto -tan del Primavera- que ayudaba a satisfacer curiosidades, a no perder el tiempo en una actuación que no gustaba y a aumentar el bagaje sónico descubriendo cositas. Ahora hay que tomarse el festival de otra manera: no queda otra.

Las quejas de los vecinos cercanos al Fórum por el ruido, además, añaden otros dos problemas de imposible solución:
1) Se baja el volumen, lo cual provoca que los que están situados lejos de los escenarios –y a veces atrapados sin salida posible entre la masa- no solo no ven sino que encima no oyen. Acaban perdiendo el interés y… hablan… hablan… hablan… y dan unas ganas de matar leeeeentamente a ese tipo que… Ojo, que lo de hablar en los conciertos, por otra parte, es deporte nacional. E internacional, que para la charleta concertil no parece haber fronteras físicas o idiomáticas.
2) Hay que acabar antes –a las 5:30, según parece- y se descuida la programación de DJ’s y electrónica de las últimas horas. A veces ha dado la sensación de que se quería echar al respetable cuanto antes.
En definitiva, que por culpa de cosas como estas el festival acaba no respetando al cliente y el cliente acaba no respetando la música.


¿La música? ¡Claro! Ese es, debe ser el gran capital de un festival como el Primavera Sound. Inagotable. Como la imaginación de Sufjan Stevens. Resulta frustrante que el primer concierto del festival sea el mejor. Pero el arte, la puesta en escena, el repertorio, el color, las proyecciones, la banda que el americano desplegó en el Auditori -¡Qué sonido impecable el de ese auditorio, señores!- fueron de la misma envergadura que las alas de angelito que se calzó en diversas ocasiones a lo largo de la actuación. Espectáculo bizarro, brillante, colorista y pasado de vueltas en perfecta sintonía con ese The Age of Adz que presentaba. Emocionante, vibrante, extraño, hermoso.

Grinderman, justo después, colmaron las expectativas con creces. Las feromonas asaltaron el escenario principal y se propagaron entre los oídos de los congregados gracias a las palabras siempre sabias del Predicador Cave, en este caso exaltando sobre todo las virtudes de lo que ocurre en la entrepierna. Amén. Wayne Coyne prefirió oficiar otro cumpleaños al frente de Flaming Lips con un pelín más de oscuridad -¡ese último disco!- de lo acostumbrado. Suicide asustaron a los que se dejaban asustar. Y ese mismo jueves Gold Panda y Caribou tendieron a aburrir al curioso y gustar al incondicional.


El viernes, día de agobios que impidieron disfrutar en general, y en concreto de Low o Wolf People, por angustias diversas. The National estuvieron impecables pero hubo que verles de muy lejos en ese escenario Llevant tan incómodo –recordaba al Escenario Parking del Poble Espanyol- sorteando a los aún más incómodos -¡Que les corten la lengua!- charlarines…y la lejanía y coincidencia en horario impidieron ver si quiera un minuto de Pere Ubu. James Blake bien, pero apetece verle en sala pequeña. Pulp estuvieron sosos y flojitos, apenas cubriendo el expediente. Explosions in the Sky en su línea. Y Battles en un concierto muy diferente al de su anterior paso por el Primavera –tras la salida de su cantante- pero igualmente espléndidos en su nueva y apetecible dirección sonora.


El sábado reconciliación gracias a un póker de ases difícilmente igualable. Pero antes, a pleno sol, ZA! le dieron a su free-hardcore abrasivo, sin complejos y complejo. En el Auditori, Perfume Genius sonó a suplente de Antony y/u Owen Pallett. Y John Cale  con banda y orquesta (la local BCN 216) acertó en (casi) todo lo tocante a Paris 1919 y en (casi) nada del resto: el material nuevo sonó a electrónica de cuarta. Pero luego… ¡Ay luego! Como aperitivo llegaron las armonías celestiales de Fleet Foxes. Subieron a escena con sobriedad sus dos discos, cargados de canciones mayúsculas que nos transportan al folk de los últimos 60 y primeros 70 y que nos recuerdan tanto –qué lujo- a unos tales Simon & Garfunkel.


Seguimos en el cielo con una PJ Harvey que ejerció de Ángel Exterminador. Y no por ese vestido blanco nuclear que parecía casi una mortaja. Simplemente porque era imposible marcharse de su concierto: ¡Una más! ¡Venga, esta es la última y me bajo un rato a Matthew Dear! Imposible. No solo interpretó con maestría y magnetismo su último disco armada casi únicamente con un autoharp –esa pseudo cítara que tanto se utiliza en el country- sino que reinventó una cuidada selección de temas antiguos. En compañía, ahí es nada, de John Parish, Mick Harvey y el batería Jean Marc Butty.


Y el escándalo llegó con Einstürzende Neubauten. Escándalo cada vez menos industrial y cada vez más lírico, con todos los peros que quieran. El imposible equilibrio entre ambos mundos es lo que mejor les funciona y lo que más gusta. No fue tan mágico como aquel concierto del FIB, pero faltó poco. Para rematar estas hostilidades estaban los Swans de Michael Gira. Moviéndose en espirales con un portentoso control de la tensión, el volumen, el crescendo y el ruido. As de despedida para éstesudiyéi que, por suerte, no se quedó a ver cómo –según todos los consultados- Animal Collective naufragaban en el escenario principal.


Aunque toca añadir la coda del Poble Espanyol. No se pudo entrar el miércoles pero sí el domingo. A contemplar cómo Mercury Rev estuvieron a punto de cargarse el hermoso legado de sus Deserter’s Songs… pero, sobre todo, a ejecutar a la perfección ese inevitable ejercicio de nostalgia taaan snob: ¡Ay, cómo era el Primavera Sound cuando lo conocíamos solo unos poquitos elegidos!

Fotos de DJFlow
 
Love will tear us apart... (again)

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Vivir consiste en construir futuros recuerdos. Estoy preparando recuerdos minuciosos, que algún día me traerán la melancolía y la desesperanza. ERNESTO SÁBATO

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